ACTUALIDADES

martes, 22 de junio de 2010

BANDERAS REPUBLICANAS ADONDE VAYAN LOS BORBONES

En este grupo informaremos de las agendas oficiales y diferentes actos públicos adonde asistan los miembros de la familia real, para que haya banderas republicanas adonde vayan los borbones.

Contamos con la colaboración del movimiento republicano para hacer visible nuestras reivindicaciones allí donde haya un borbón.

enlace al grupo:

-- BANDERAS REPUBLICANAS ADONDE VAYAN LOS BORBONES --

miércoles, 16 de junio de 2010

[REPÚBLICA] El mundo rural andaluz fue fundamental para desmontar la estructura franquista

La historia ha alimentado la idea de una sociedad andaluza civil apática o de reacciones irracionales y violentas. Ha concedido habitualmente al mundo rural andaluz una imagen de atraso, desmovilización política e ignorancia. Por eso, en la historia de la democracia española su papel ha quedado relegado a un segundo plano.

“La imagen de España que se traslada al exterior es que la democracia se implantó en una cena entre líderes políticos. Cuando la historia es mucho más compleja. En el caso de la Transición española sabemos con seguridad que el mundo rural andaluz jugó un papel importante en la transición a la democracia; los movimientos asociativos fueron claves para desmontar el aparato y la estructura franquista”. Esta es una de las conclusiones a las que ha llegado el grupo de investigación de la Universidad Pablo de Olavide liderado por el prestigioso profesor estadounidense John Markoff a través de su trabajo Democracia y ciudadanía en la Andalucía contemporánea (1868-1982). Por una recuperación de la memoria democrática de Andalucía, calificado como proyecto de Excelencia por la Consejería de Economía, Innovación y Ciencia de Andalucía e incentivado con 286.000 euros.

Esta conclusión viene a corroborar estudios anteriores en los que, según el profesor Markoff, se demuestra que “en lugares alejados de los centros de poder se producen fenómenos democratizadores más creativos y señalados”.

“Entre 1977, año en el que se celebraron las primeras elecciones nacionales democráticas, y 1979, año en que fueron las primeras elecciones municipales, los ayuntamientos españoles seguían siendo franquistas. Fueron entidades como la Federación del Trabajador de la Tierra (la UGT del campo), CCOO del campo, el SOC… e incluso gente sin adscripción sindical clara las encargadas de enseñar a ejercer la democracia –explica el profesor Antonio Herrera -: buscarse en un censo, vigilar las irregularidades en las votaciones… Fue gracias a esos movimientos sociales que las elecciones de 1979 se consideraron un éxito democrático”.

Para recuperar esta parte olvidada de la historia estos expertos están recurriendo a nuevas fuentes documentales de ámbito local, un área de estudio poco trabajada en España hasta ahora. Con ellas están elaborando una base de datos con movimientos sociales, políticos, asociativos o comportamientos electorales durante el periodo estudiado. Una base de datos creada específicamente para ellos pero que “podrá ser transferible y servir para otros proyectos de investigación y otros lugares”.

- ¿Dónde empieza el proceso democratizador?

“Aún estamos trabajando pero creemos que, por ejemplo, antes de la Segunda República española también la sociedad civil jugó un papel clave y por supuesto la sociedad andaluza”, comenta Markoff. “Porque ¿cómo puede surgir un régimen democrático de la nada?”

Nosotros pensamos que a lo largo del periodo estudiado ha habido otras fórmulas de movilización que contribuyeron y defendieron directa o indirectamente valores democráticos”. Por ejemplo, los motines antiquintas que reclutaban para el ejército a aquellos que no podían pagar. “Hasta ahora se creía que este tipo de conflictos retrasaban la democracia. Nosotros argumentamos que estos motines son movilizaciones democratizadoras frente a los que piensan que eran fórmulas de protesta anticuadas”.

En esta búsqueda de la historia perdida de la democratización hay un aspecto en que el equipo de Markoff también está trabajando: asegura que en todos los continentes hay prácticas locales más o menos democratizadoras que podrían ser inspiradoras en el presente, como la toma de decisiones comunales o determinadas formas de resolver los conflictos. También en Andalucía. No en vano hoy se está volviendo en algunos casos a la gestión local de los recursos, por ejemplo, con la gestión de presupuestos participativa.

En todo este trabajo está resultando fundamental el estudio de los fondos de archivos del Ministerio de Trabajo, del Ministerio del Interior, del Archivo Histórico Nacional, o la Biblioteca Nacional, pero además de estos ya trabajados fondos, la novedad reside en un acercamiento pormenorizado de las actas electorales locales y de las Actas Capitulares del periodo estudiado, las estadísticas de huelgas y conflictividad agraria, los informes sobre el orden público de las distintas provincias de Andalucía, fondos de archivos municipales como los de Osuna (Sevilla), Montefrío (Granada) y Linares (Jaén), o los periódicos de la época como El Progreso, El Porvenir, El Liberal, El Correo de Andalucía, El Eco de Osuna o ABC. Una tarea exhaustiva con la que esperan seguir encontrando “sorpresas interesantes”.

fuente: andaluciainvestiga.com

sábado, 12 de junio de 2010

[CULTURA] Azaña, un estoico moderno

César Antonio Molina,
escritor y ex ministro de Cultura
del Gobierno español
Azaña fue hasta 1930 un literato-intelectual y político; y desde 1930 hasta el final de sus días, en 1940, un político-intelectual y literato. Compartió ambos mundos, en apariencia antagónicos, de la misma manera que lo habían hecho otros personajes en el siglo XIX, como Martínez de la Rosa. Azaña mantuvo su creación literaria y desarrolló a la par una ferviente acción pública. Escribió novelas, ensayos, artículos, discursos, biografías, diarios e hizo numerosas traducciones, además de redactar y estrenar varias obras teatrales, quizás su género literario más querido. También dirigió publicaciones como La Pluma y España.

En la cena con los intelectuales catalanes celebrada en Barcelona en 1931, Azaña afirmó: "Yo soy un escritor perdido en la política". Por mi parte, pienso que "perdido" no sería la palabra: mejor, "metido" en la política. ¿Por qué lo hizo? Azaña nunca abandonó su carrera literaria. Siguió publicando libros, estrenó con los mejores directores y actores y, por otra parte, la política le ofreció un inmenso material para escribir los mejores diarios que jamás se hayan redactado. El autor de El jardín de los frailes fue un estajanovista del trabajo intelectual y no menos del político. Alguien que se resistió a entrar en la vida pública, a pesar de que muchos lo veían más como un político que como un literato. Lo mismo le sucedió en el ambiente de la política, donde lo consideraban más bien un intelectual.

Los juicios de Azaña sobre la política española y los políticos de su tiempo son tremendos. Los intelectuales, artistas y escritores le provocan comentarios críticos, pero en todos ellos ve un estímulo, una superación, un arrojo y gallardía que no contempla en cambio en sus otros compañeros. Azaña afirma que resulta más fácil brillar en la política que en la literatura. Para él, por su formación y carácter, la política tenía muchos inconvenientes. La gente procedía en la política por subordinación, no por espíritu crítico ni adhesión libre y, además, existían intereses que él calificaba de "subalternos". En El presidente del Consejo habla a los lectores (Ahora, 1931), reinterpreta su compromiso político afirmando que él era un político porque era un optimista y creía que la función del gobernante -la diferenciaba de la del político- tenía que consistir en llevar el esquema intelectual de su país futuro a la realidad social o legislativa. "El apartamiento voluntario en que yo he vivido durante veinticinco años, dedicado a las letras y al estudio y conocimiento de mi país y de otros extranjeros, me ha dado esta confianza que me enseña a no conceder importancia a las mezquindades personales, y a lo que suelen llamar enojos y pequeñas pasiones de la política y a atenerse a sus fines esenciales y duraderos que, para un hombre cultivado y sensible, representan un armazón interior equivalente al del arte o de la religión". Azaña se convierte en un hombre de acción sin por ello desprenderse de su ser esencial.

Azaña fue a la política para cumplir con un deber. La política para él era la más alta manifestación de la cultura. Sus palabras textuales serían las siguientes: "La pasión del arte lleva a crear, y la política no es más que eso; creación, y por ello, tiene la grandeza de todas las artes" (Homenaje a Espina, 1935). Estando en la política no dejaba de estar en la cultura. Sus metas eran extender la alfabetización, el saber y el conocimiento por todo el país para conseguir de una vez por todas ciudadanos libres. Tarea ingente en la que no fracasó del todo. Azaña está en los debates políticos pero sin dudarlo un momento se pone al servicio de la cultura con gestos y medios, con su propia ejemplaridad de lector, espectador y visitante de todos los templos donde se representan cada uno de los géneros. No hay obra de teatro, estreno cinematográfico de relevancia, concierto, exposición o cualquier otra actividad que el trabajo cotidiano le impidiera visitar. "Por la tarde, a las cuatro, voy a las Cortes. Leo el proyecto de Ley de Presupuestos y me vuelvo al ministerio: al poco tiempo salgo solo y voy al concierto de la Orquesta Filarmónica en el Español. Mozart me ha puesto de buen humor. Desde allí al teatro de la Princesa, que ahora se llama María Guerrero. Sesión de clausura de la asamblea del partido de Acción Republicana. Pronuncio mi discurso que sale bien y es aplaudidísimo. Vengo al ministerio a cenar y ya no salgo", escribirá en 1932.

Como un ilusionista, sacaba tiempo para todo, incluso para seguir escribiendo sus obras y varias páginas confesionales de profunda sabiduría estoica. Porque Azaña era un estoico moderno. La política y el poder no lo envanecieron, precisamente por albergar dentro de él ese sentimiento de humildad ante la fragilidad de la existencia. Cuando llegó al poder, ya era alguien, no necesitaba de la política para aumentar su prestigio. Lo arriesgó todo, lo apostó todo a esa carta. Fue generoso a sabiendas de lo ingrata que siempre fue España para con sus servidores. De ahí precisamente extrajo la firmeza de sus ideas y convicciones. Por otro lado, sin sectarismo alguno, Azaña fue una persona conciliadora en un país que caminaba a posiciones extremistas irreconciliables. Fue la razón y la prudencia mismas. Azaña ejerciendo la piedad no sólo para con los demás, sino también para consigo mismo.

Pronto se dio cuenta de la gravedad del momento histórico que vivía y de la dignidad y cordura con que tendría que enfrentarse a su destino. Se podría decir que en él se simbolizaba perfectamente la verdad y la lealtad de la República para con sus conciudadanos. Nunca mantuvo el poder para sí, sino para ejercitarlo hacia el bien común. Y si usó de ese poder lo hizo en beneficio de su país y no de su partido. O si se prefiere, en beneficio del futuro de España: "El futuro de España... ¡terrible secreto!", afirmaría.

Azaña era un personaje singular. Su ejemplo debería haber servido de arquetipo para todos los presidentes de cualquier democracia. En nuestro caso no ha sido así. Se le ignoró, y sólo se le rescató en momentos partidistas, cuando él ya estaba por encima de todo. En Grandezas y miserias de la política, se plantearía una reflexión fundamental: si una persona eminente en otras artes tiene o no derecho, es o no útil, que intervenga en la vida política. "La política", decía, "es la aplicación más amplia, más profunda, más formal y completa de las capacidades de un espíritu, donde juegan más las dotes del ser humano, y donde no juegan sólo cualidades del entendimiento, sino, además, cualidades del carácter". Azaña cree que esa presencia es buena para la política, aunque también advertía que el talante para sobrevivir en ese mundo era diferente, pues los valores eran distintos y las mañas también.

El gran problema de la política española lo contemplaba en la capacidad de acertar en la designación de los más capaces. La política se alejaba de esos principios universales, tan sólo por el personalismo de quien elige. Otro de nuestros males estaba igualmente en la incapacidad para conseguir formar una clase dirigente. "Una sociedad -decía-, aunque con desventura, puede pasarse sin grandes artistas pero no se puede pasar sin dirección política".

Un presidente preocupado por las cosas del espíritu, escribían en algunos periódicos sin que él llegara a adivinar si era un piropo o una crítica. Más bien habría que decir un presidente volcado en la acción pública y con tiempo para pensar. Azaña quería poner a España al nivel de Francia o Inglaterra. No tuvo tiempo. No lo dejaron o, mejor dicho, lo abandonaron.

En la gigantesca edición de sus Obras completas, magníficamente preparadas por Santos Juliá, se reproduce una carta que desde el exilio le envía a Ángel Ossorio: "Repetidamente le llamé la atención a Negrín. El Museo del Prado, le dije en una ocasión, es más importante para España que la República y la Monarquía juntas". "No estoy lejos de pensar así", respondió él. "Pues calcule usted qué sería si los cuadros desapareciesen o se averiasen", añadí yo. "Sí: un gran bochorno", me confesó. "Tendría usted que pegarse un tiro", le repliqué.

Azaña amó a nuestra cultura sobre todas las cosas y, al referirse al Prado, lo hacía por extensión a toda ella con sus peculiaridades y lenguas. España sin sus extraordinarios creadores no era nada. ¿Qué le diría hoy don Manuel Azaña a su homólogo? ¡Exactamente lo mismo! Y le añadiría además que la cultura española vale mucho más que el supuesto glamour y los votos.

fuente: El País

domingo, 6 de junio de 2010

[REPÚBLICA] Los príncipes de Asturias ya controlan la herencia envenenada

Paloma Barrientos
La herencia que Juan Ignacio Balada legó a los príncipes de Asturias y a los ocho nietos reales, incluidas Leonor y Sofía, puede llegar a convertirse en un problema, si no lo es ya.

La confusión y la falta de claridad a la hora de catalogar y especificar públicamente en qué consiste realmente el legado del empresario menorquín crea más incertidumbre que sosiego. Y no tanto en lo que se refiere al montante exclusivamente monetario, que es más fácil cuantificar, sino a los llamados bienes inmobiliarios.

En este caso se trata de edificios con inquilinos que no saben aún a qué atenerse. Es muy diferente que el casero sea un ciudadano de a pie por muchos millones que éste tenga o que el arrendador sea el heredero y su mujer. Y de ahí la preocupación y el desasosiego. ¿Quién va a controlar el alquiler de esos pisos? ¿Qué se hará con ese dinero? ¿Los beneficios irán a una cuenta común de todos los herederos? ¿Y si hay que pagar las derramas, quién se encargará de ordenar esos pagos? ¿Y cuando un alquilado se dé de baja, como se ofertará ese piso vacío? ¿Y cuando se rompa el ascensor o haya que reparar las cañerías? ¿Y qúé va a pasar con los pagos habituales como contribución, residuos urbanos, IBI...?

La verdad es que no imagino a don Felipe ejerciendo en su tiempo libre de señor Cuesta (presidente del bloque de 'Aquí no hay quine viva') o, en su defecto, a doña Letizia reencarnada en Loles León. El lío padre o, mejor dicho, una historia de muchos capítulos y ninguno sin cerrar.

Parece que no es la primera vez que la Primera Familia se beneficia de un legado de estas características, pero nunca hasta ahora se había difundido. Cuando Juan Ignacio Balada falleció el pasado 18 de noviembre de 2009 se conocieron públicamente sus últimas voluntades, aunque en aquel momento no se sabía si los “herederos reales” aceptarían, dada la complicada evaluación del patrimonio y las condiciones que imponía Balada. El empresario especificaba cómo quería que se repartieran sus bienes. El cincuenta por ciento para los príncipes, hijas y sobrinos, y el otro cincuenta por ciento para la creación de una fundación o similar.

Seis meses después, la herencia envenenada ya forma parte del patrimonio real. Según la información procedente del gabinete de prensa de Zarzuela, los datos que dan a conocer son los siguientes: el total neto de la herencia es de 9.832.995,42 millones de euros, una vez restados gastos y deudas, aunque no se especifica ni se determinan estas partidas ni quiénes eran los deudores y a qué se deben los gastos.

Los diez herederos recibirán cada uno 70.000 euros. Tampoco se aclara qué se ha hecho con los bienes inmuebles como son la farmacia de Ciutadella, las fincas y los famosos edificios con inquilinos. Tampoco se define si las inversiones bursátiles de Juan Ignacio Balada están paralizadas o siguen formando parte del IBEX y, por lo tanto, quién o quiénes la han gestionado hasta ahora o en un futuro, en el caso de que no se hayan vendido.

No hay que olvidar que hay una partida importante que corresponde a los menores y que serán sus padres los que gestionarán ese capital. No estaría mal que estas partidas también fueran transparentes por aquello de no despertar susceptibilidades en tiempos de crisis. A lo mejor algún día se arrepienten de haber aceptado la herencia. De no haberlo hecho, sería el estado de Israel el que habría tenido que hacer las cuentas ya que Balada así lo dispuso. La cuestión es que quedan tantos flecos sueltos como euros sin precisar. ¿Y si resulta que el empresario era un tapado republicano y lo que pretendía con esta donación era liarla parda?

fuente: vanitatis.com